Durante años, buena parte de la industria turística ha medido el éxito de un viaje por el número de lugares visitados. Sin embargo, cada vez más personas buscan permanecer más tiempo en un mismo destino, comprender su cultura, participar en la vida local y regresar con la sensación de haber vivido una experiencia auténtica.
Esta tendencia, conocida como slow travel o viaje lento, ocupa un lugar destacado en el informe Expedia Unpack ’26, que identifica la creciente demanda de viajes más pausados, inmersivos y conectados con el entorno. El estudio señala que los viajeros muestran un interés creciente por experiencias que favorezcan la inmersión cultural, la desconexión y el contacto con comunidades locales, alejándose de los circuitos más masificados.
Para agencias de viajes, aerolíneas y proveedores turísticos, este cambio supone mucho más que una nueva moda: representa una oportunidad para diseñar productos de mayor valor añadido, con estancias más largas y experiencias difíciles de replicar.
Del itinerario al arraigo
Un viaje experiencial se convierte en memorable cuando el viajero se relaciona con el destino en profundidad. En lugar de visitar cinco ciudades en una semana, muchos prefieren dedicar varios días a una sola localidad, recorrerla sin prisas, conocer su gastronomía, conversar con sus habitantes o participar en talleres tradicionales.
Esta filosofía conecta directamente con el concepto de slow travel, que propone reducir el ritmo del viaje para aumentar la calidad de la experiencia. Esta evolución es una respuesta al deseo de escapar de la saturación turística y recuperar un turismo más significativo, donde el tiempo deja de ser un recurso escaso para convertirse en parte del propio viaje.
Para el sector turístico, este comportamiento tiene implicaciones relevantes. Un viajero que permanece más días en un destino suele distribuir mejor su gasto entre alojamientos, restauración, comercios y actividades locales. Además, tiende a valorar propuestas que aporten autenticidad frente a las experiencias estandarizadas.
En este contexto, las empresas pueden diferenciarse ofreciendo productos que combinen alojamiento, cultura, naturaleza y aprendizaje, en lugar de limitarse a vender un desplazamiento o una estancia.
Las granjas se convierten en destinos
Uno de los ejemplos más llamativos del informe es el crecimiento de las estancias en granjas. Expedia y Vrbo identifican esta tendencia bajo el concepto Farm Charm, que refleja el interés creciente por alojamientos rurales donde el entorno forma parte esencial de la experiencia.
Según el informe, el 84 % de los viajeros afirma estar interesado en alojarse en una granja o cerca de una de ellas. Además, las menciones relacionadas con este tipo de alojamientos en las reseñas de huéspedes crecieron un 300 % interanual, un indicador del aumento de la demanda de este tipo de experiencias. Estos datos proceden de la investigación realizada por Expedia Group junto con OnePoll entre 24.000 viajeros de 18 países, combinada con información de las plataformas del grupo.
Pero el atractivo de estas propuestas va mucho más allá del alojamiento. El objetivo es participar, aunque sea durante unos días, en un modo de vida diferente. Recoger huevos, alimentar animales, recorrer senderos, cuidar un huerto, observar las estrellas o simplemente disfrutar del silencio, forman parte de una experiencia que responde al deseo de desconectar del ritmo cotidiano.
Este interés también refleja un cambio en la percepción del lujo. Para muchos viajeros, disponer de tiempo, naturaleza y tranquilidad resulta hoy tan valioso como acceder a instalaciones exclusivas o servicios premium.
Las estancias en granjas representan además una oportunidad para diversificar la oferta turística de destinos rurales, favorecer la distribución de visitantes fuera de las grandes ciudades y generar ingresos adicionales para economías locales.

Una oportunidad para reinventar la oferta turística
El auge del viaje lento obliga a replantear parte de la oferta comercial del sector. Si el objetivo ya no es visitar el mayor número posible de lugares, los productos turísticos deben diseñarse pensando en la permanencia, la personalización y la conexión con el destino.
Para las agencias de viajes, esto puede traducirse en itinerarios más flexibles, con menos desplazamientos y mayor protagonismo de experiencias locales. Las OTAs tienen la oportunidad de destacar alojamientos singulares, actividades gestionadas por residentes o propuestas vinculadas con la cultura y la naturaleza. Las compañías aéreas, por su parte, pueden beneficiarse de una demanda que prioriza destinos secundarios o menos saturados, especialmente cuando se combinan con estancias más prolongadas.
El informe también relaciona esta evolución con un interés creciente por destinos capaces de gestionar el turismo de forma más equilibrada mediante su iniciativa Smart Travel Health Check, que busca identificar lugares donde sea posible disfrutar de experiencias enriquecedoras evitando algunos de los problemas asociados a la masificación turística.
El viaje experiencial y el slow travel no sustituyen a otras formas de viajar, pero sí amplían el abanico de expectativas del consumidor. Frente a unas vacaciones basadas en acumular fotografías o recorrer listas de lugares imprescindibles, crece el interés por crear recuerdos vinculados a personas, tradiciones y formas de vida.
Para las empresas turísticas, adaptarse a esta tendencia significa desarrollar propuestas capaces de ofrecer inmersión cultural, autenticidad y tiempo de calidad. Ayudar al viajero a conocer un destino en profundidad puede convertirse en uno de los mayores valores diferenciadores.





